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MANUEL BORRÁS (Pre-Textos ): «La intuición del editor es fundamental para la supervivencia de la literatura»

Revista Quimera

Llego antes a la cita con Manuel Borrás en Valencia. Aprovecho para darme una vuelta por el barrio donde Pre-Textos tiene localizada la editorial. Ruzafa ha dado un cambio en los últimos años. Ahora fluye la vida en cada esquina. A las diez en punto, llamo a la puerta de las oficinas del primer piso del edificio y me recibe el editor con una amplia sonrisa. Allí se despliega una vasta biblioteca que abarca todas las paredes. La suya personal, me cuenta, la componen mil tomos, ni uno más, ni uno menos. Hablamos de forma animada cerca de tres horas. Silvia Pratdesaba está en el escritorio de al lado, apostillando algunos de los muchos datos que Borrás rescata de su memoria. Echo en falta la presencia del tercer componente de esta apasionante historia: Manuel Ramírez. Sin darnos cuenta, se nos va la mañana hablando de literatura y de la historia de una de las editoriales que durante más de cuarenta años han marcado el pulso literario en España.

POR GINÉS S. CUTILLAS

– Hábleme de los comienzos de la editorial.

– Nuestro primer libro se pone en circulación en septiembre del 76. Coincidimos con el nacimiento de El País, que comenzó su andadura en febrero o marzo del mismo año. Somos hijos de la Transición. Ahora que miro atrás me sorprendo. Teníamos veinte años y habíamos puesto nuestro primer libro en circulación -que se había estado pergeñando desde dos años atrás, el 74-, cuando recibimos los permisos gubernativos, tarea nada fácil porque todavía estábamos en dictadura. De hecho, la Brigada Político-Social irrumpió un día en casa de mi familia, donde aún vivía, porque les parecía muy raro que un joven, universitario todavía, quisiera montar una editorial y encima en una ciudad como Valencia, que apenas tenía otras como la de Fernando Torres, y que no se caracterizaba por tener un tejido editorial por aquel entonces, aunque ya sabes que Valencia sí que tuvo tradición: la imprenta entra en España por aquí. Pensaban que éramos una pantalla de algo o de alguien, y que habían utilizado nuestras identidades para no sé qué tipo de conspiración judeo-masónica o vete tú a saber. La paranoia de toda esta gente, enfatizada más aún cuando el régimen daba sus últimos coletazos, no tenía parangón. Ahora que miro con perspectiva, y veo lo jóvenes que éramos, me deprimo un tanto al ver que los jóvenes de hoy en día no podrían poner en marcha un proyecto como el nuestro, no porque no tengan la misma capacidad -que la tienen-, sino porque existe una censura mayor, que es la económica. En esta sociedad aparentemente liberal, estamos asistiendo a la asunción de nuevos métodos de control y represión, y a mí como individuo me resulta deprimente ver cómo gente que podría ser como yo, hace cuarenta y tres años, no puede hacer hoy lo que nosotros hicimos entonces.

– ¿Cree que hay una nueva censura?

– Creo que sí y se ve en todos los ámbitos. Hemos incorporado de tal manera el policía en nosotros mismos que asusta.

– ¿Alguna vez ha tenido que decirle a un autor que suprimiera un fragmento de su libro porque le podría traer problemas?

– Nunca, aunque sí he de decir que alguna vez no he estado de acuerdo en opiniones sobre terceros. Si he tenido confianza lo he comentado y, si no, también. A veces los autores las matizan, a veces no, pero nunca he osado censurar nada ni a nadie. En una ocasión perdí un amigo porque en un libro nuestro se hacía alusión a un capítulo sensible de su vida que no le gustaba. Se lo comenté al autor,  no lo cambió, me retiró el saludo el aludido y no hubo manera de recuperar nunca aquella relación. Los Torquemada para el Santo Oficio, los editores a lo suyo.

Nunca he sido un editor intervencionista, siempre he sido muy respetuoso con la obra que me ha llegado. Aunque, como el lector siempre está antes que el editor, sí que percibes que hay cosas que podrían ser perfectibles y es entonces cuando tienes la obligación moral de decírselo al autor, quien tiene todo el derecho de hacer caso o no, porque el libro es suyo. Curiosamente los autores jóvenes son los más complicados y es legítimo también equivocarse, aunque la mayoría de los autores, siempre que lo argumentes bien, no tienen problemas en hacerte caso, teniendo también en cuenta, claro, que cuando intervienes no has de pensar que has participado como co-autor en ese libro, algo, por cierto, que indicaría una falta de ética profesional enorme por nuestra parte.

– La editorial nace con la idea de reivindicar a los autores republicanos en el exilio. No debió de ser fácil. ¿El gobierno sabía de sus intenciones?

– Sí, el gobierno lo sabía porque sabía casi todo de nosotros, aunque, en honor a la verdad, quitando ese primer tropezón con la Brigada Político-Social no pusieron ningún problema. Lo que sí tuvimos fueron repetidas amenazas de la extrema derecha, que era una especie de continuación del control del estado sobre la población. El aparato represor aprovechaba esta fuerza bruta para amenazar a diestro y siniestro, o para quemar una librería, como la Rafael Alberti, o aquí en Valencia, la de Raúl González del Río, a la que lanzaron un cóctel molotov, o la Tres i Quatre, que estaban acosando constantemente. A nosotros, por fortuna, sólo fueron amenazas, nunca padecimos una agresión, aunque estuvimos a punto. Nos reuníamos los fines de semana en la casa de la familia de Manolo Ramírez, en un pueblo de las afueras de nuestra ciudad, para preparar nuestro trabajo y se ve que enviaron un comando para darnos una paliza o simplemente un susto. Gracias a la carnicera donde habitualmente comprábamos, que se llamaba Armonía y era roja -como la mayoría de la población de ese pueblo- que nos avisó de que gente extraña estaba preguntando por una casa cuyas características coincidían con la que estábamos, pudimos irnos aprisa y volver disparados a Valencia. Fue una especie de aviso. Había ciertas líneas rojas que no te iban a permitir atravesar. Pero las atravesamos porque estaba en nuestro ADN, el de los tres fundadores: Silvia Pratdesaba, Manolo Ramírez y yo. Nuestras familias pertenecían a las mal llamadas del bando vencedor de la guerra civil —aunque en la mía por vía materna había ascendentes republicanos— y, aunque no eran franquistas, sí eran monárquicas. Pertenecemos a una generación, junto a Juan Manuel Bonet, Andrés Trapiello y tantos otros, que entendimos que debíamos colaborar necesariamente a conciliar esas dos Españas cercenadas de la manera más bárbara, acabar con ese maniqueísmo de los buenos y de los malos. Nosotros quisimos contribuir con nuestro pequeño granito de arena a algo que ya se gestaba, la Transición, dando visibilidad a unos autores a los que “nuestras familias” -hipotética o teóricamente- habían doblegado y, en consecuencia, relegado.

Tenemos anécdotas preciosas. Por ejemplo la de los padres de Antonio Deltoro, estupendo poeta nacido en el exilio, que vinieron de México para conocernos. Cuando se encontraron a unos chavales de veinticuatro años, se emocionaron porque pensaban que la editorial estaba dirigida por gente de su generación, por viejos republicanos. Nos conmovió que nos identificaran como iguales a pesar de la diferencia generacional.

– Ese primer libro, ¿cuál fue?

– Queríamos publicar a los autores de la diáspora republicana. Comenzamos a contactarlos y he de decir que todos contestaron muy amablemente, Jorge Guillén, María Zambrano, etc. Pero siempre nos decían lo mismo: «Tengan ustedes un catálogo y entonces les entregaremos un libro». Veían que éramos muy jóvenes. El primero en confiar en nosotros fue un republicano vasco exiliado, Juan Larrea, de quien ya había leído en la edición que hizo Barral su Versión celeste y con quien había tenido una pequeña relación epistolar previa a la fundación de Pre-Textos. Gracias a su confianza y generosidad, nos envió un libro precioso: Al amor de Vallejo, que inauguró esa línea de recuperación.

Después de dos años de ponernos trabas gubernativas, cuando por fin nos aprobaron el proyecto nos encontramos con que no teníamos autores, así que nos vimos obligados a tirar de traducciones para salir del impás. Yo, que soy de formación alemana, quise anteponer lo alemán a lo francés. Pero en aquella época tradujimos mucho más de este último y nos pusieron la etiqueta de afrancesados, y de afrancesados nada. Simplemente recurrimos a ellos, por supuesto, por interés pero también porque ellos, nuestros colegas franceses, fueron los que confiaron en nosotros. Y no estamos hablando de editoriales pequeñas, sino de Seuil, Gallimard, Minuit… Y lo digo en honor a nuestros colegas franceses que se han distinguido del resto, arriesgando más seguramente por creer como creen en su propia cultura. Les estaré eternamente agradecido porque pudimos contratar a autores de la talla de Francis Ponge o Giles Deleuze, por ejemplo, y no nos pusieron pegas por ser una editorial pequeña y periférica. No como otros. Quise publicar a James Salter antes de ser conocido en España y nos dijeron que este autor no se ajustaba a nuestra línea editorial por ser ésta de corte escolástico. Falta de argumentos, porque a ver dónde está nuestro escolasticismo.

Llegir més: https://www.revistaquimera.com/manuel-borras-la-intuicion-del-editor-es-fundamental-para-la-supervivencia-de-la-literatura/?fbclid=IwAR2ZWkXNPGsC2IP2RzNAuk5ppMyKPlluwBqPXPT0Bg-AG0IZU8mU-njIwVE

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